Prólogo

Prólogo a esta nueva edición

Ayer, hoy… mañana

Presentarte esta nueva edición de Las hijas de Eva y Lilith es como sentarme frente al fuego antes de entrar a un temazcal: con la mano en el pecho y el corazón en el rezo, con mi intención saliendo entre murmullos frente al espíritu.

Me veo con los ojos cerrados y lágrimas suaves escurriendo por sus esquinas: no hay más que pedir, solo agradecer. Me reconozco con el mismo miedo que hace diez años, pero parada en otro lugar para cruzarlo.

Frente a Eva y Lilith, hace diez años, todo era intento, invento y sueño. Hoy es abrazo, certeza y compromiso.


El libro ha llegado a miles de corazones. Pasamos de una primera edición, que se decidió hacer limitada a unos cientos de ejemplares, a generar una segunda tirada de libros, y pronto fueron tres, cuatro, cinco ediciones más… hasta perder la cuenta de las reimpresiones.

El primer formato cambió a sus cuatro años por una edición de bolsillo —la verdad, yo no sabía qué significaba esto, ni por qué mi editora estaba tan contenta—, hasta que me explicó: “Tu libro ya no se sacará de las ventas, ni de los anaqueles. Quedará como parte de las colecciones permanentes de la editorial. Elisa, el libro es un bestseller”.

Yo solo sabía que lo que había escrito estaba en mi alma como una razón de ser: que Eva y Lilith, contadas con verdad, nos hacían falta a todas; a todos, si es que había hombres valientes que quisieran leerlo con honestidad en la mirada y apertura de corazón.

Pero quiero contarles cómo empezó todo y las sincronías que tuvieron que suceder para que Las hijas de Eva y Lilith naciera, y hoy, exista esta nueva edición.

En La Anécdota —con la que comienza el libro— les comparto el inicio de la investigación: cómo Eva se me clavó en el corazón con rabia por la injusta manera de mirarnos a las mujeres: o sumisas o fracasadas. Esa era la opción.
Qué terror haber rozado ese lugar, y peor aún, haber dudado por un momento si debía o no seguir ese camino.

El miedo y el dolor son informantes para moverse de lugar, pero si te quedas con ellos, son pésimos consejeros. Las decisiones deben tomarse desde la distancia y la libertad que da sentirse sin miedo.

Les confieso que conquistar ese lugar —“sentirme libre y sin miedo”— sigue siendo parte de mi rutina diaria. Frente a cada nuevo proyecto, o la continuidad de otro, mi mente hace uso de sus trucos y me cuenta esas mentiras que me quieren detener: “no te va a salir bien”, “tú no puedes”, o “estoy segura de que no podrás”.

¡Puff, qué lata lidiar conmigo misma!
Porque sí, hoy ya no le echo la culpa a nadie más.
Esas voces soy yo.

Lo bueno es que ya sé que escuchando una buena música que me eleve el espíritu, o saliendo a caminar; si acaricio a mi perro, por supuesto si me siento a meditar, o hablo con quienes realmente me aman, retorno a mi centro perdido. Hoy conozco el camino de regreso a mí, el mismo que solo depende de mis decisiones y acción.

Como también sé que la mayor paz en mi vida la recibo, sin lugar a dudas, dando, cuando me comparto: lo mismo preparando una buena cena para mis amores, que escuchando a mis hijos, impulsando a una amiga o escribiendo con sentido —como en este momento—.

Recibo, cuando lo que estoy plasmando en mis escritos no solo viene del corazón, sino del sentido de mi vida: compartir para sanar, narrar porque sé que hay verdad en lo que sale de mi voz y tinta; hilar historias; conectar contigo, con tu alma, con tu vida, sembrar miradas y construir puentes…
¡Me inspira!

Mi alma, años atrás, ya sabía lo que yo ignoraba.
El anhelo y el sentido por escribir eran tan profundos que todo iba a conspirar para que sucediera.
Fue en una comida a la que no quería ir, sentada en una mesa donde no quería estar… y el universo riéndose de mí.
Al lado mío, una mujer mucho más joven que yo, desconocida, hermosa y con una energía muy alta, totalmente presente, me saludó. Su alegría natural tiró mis resistencias. La conexión fue reconfortante, y en menos de una hora, yo ya le estaba contando mi sueño: ser escritora. Y mi proyecto: escribir sobre Eva, contar la verdad sobre ella.

Me escuchó, le gustó.
Y sin más me dijo:
“¡Yo te ayudo! Aún no te he comentado, pero yo trabajo en Penguin Random House, una de las editoriales más grandes del mundo. ¿La conoces? Llevo las relaciones públicas para los autores. Pásame tu proyecto de libro y yo lo comparto internamente”.

Así funciona.
La magia está más presente en nuestras vidas de lo que podemos ver.

Por supuesto que yo no sabía cómo se presentaba un proyecto de libro, no tenía idea.
Pero ahí llegó mi compromiso conmigo y con mi sueño: lo averigüé, lo estudié y me puse manos a la obra. Me encerré hasta lograrlo.

Mi proyecto gustó. En menos de una semana —quien se iba a convertir en mi editora por los siguientes cinco años— Fernanda Álvarez me citó. Comeríamos juntas. Quería hablar de mi libro.
¡MI LIBRO!
Gritaba mi interior bailando al colgar esa primera llamada.
Sí, el proyecto era semilla, y el libro iba a suceder.
Y… ¡con semejante editorial!

¿Saben cuánto tiempo tardé eligiendo qué ropa ponerme para esa comida?
Exacto: ¡horas!
Quería verme bien, que nada pusiera en riesgo mi “gran proyecto”: ni muy seria, ni muy señora, ni muy informal —no soy informal, pero podía parecerlo—.
Mi ego jugueteaba conmigo frente al espejo: ¿Cómo se debe vestir una nueva escritora?

Lo recuerdo y me provoca una risa suave.
Me doy ternura.

Mis últimas reuniones con Fer —que se volvió una amiga amada— fueron en pants, casi pijama.
Con ella escribiría, años después, Una patria con madre, la historia de Malinche que nos libera.

Pero fue con Eva y Lilith cuando no solo creyó en mi primer proyecto…
Sobre todo, creyó en mí.
Cuando ni yo lo hacía —del todo—.

Porque también es verdad que algo en mi interior siempre me dijo:
Tú eres escritora.
Tú puedes narrar historias.
¡Vaya! Por eso me atreví a confesar mi “mentira piadosa” durante la presentación de Las hijas de Eva y Lilith.
Sí, frente a los asistentes (que amorosamente llenaron el vestíbulo del Museo Soumaya) en marzo del 2017, compartí sin tapujos que yo… “mentía”.

Sin hacerle daño a nadie, claro. Pero mentía en los formatos médicos o donde fuera que me preguntaran por mi profesión.
Yo era comunicóloga. Pero sin más —y solamente volteando a ver que nadie me estuviera espiando—, decididamente, delante de la pregunta: “¿Profesión?”, de puño y letra respondía: Escritora.
Sí, señor, eso escribía.

Era un juego para mí.
O quizás… ¿una semilla?

El sueño y mi deseo eran claros. Y poder servir a los demás, también.
Lo que había estudiado, lo que sabía… y lo que había comprendido en mi propia vida, lo quería compartir.
Necesitaba que —sobre todo más mujeres— transitaran de la duda a la posibilidad, del juicio a la liberación, de la inmovilidad a la valentía.

Pero… ¿sí se dan cuenta de cómo fue la cadena de creación?

Primero: fue una mujer la que me ayudó, me conectó con la editorial.
Después, una mujer creyó en el proyecto y lo defendió hasta que fuera realidad.
Y hoy —casi diez años después de esa primera edición—, de nuevo una mujer fue la que volvió a mirar a Las hijas de Eva y Lilith y dijo a los directores: “Oigan, este libro lo tenemos que volver a editar, y con pasta dura, nuevo, revisado… en una edición especial”.

Así llegó Ángela Olmedo. Sería mi nueva editora.
Fer iba a seguir nuevos aires. Había que apoyarla.
Y Ángela se convirtió en mi nueva mujer-guía, mujer que confía, que me encamina…
y que también ¡me marca los tiempos límite de entrega!
Porque a mi ritmo —les confieso— que ni este libro ni los que siguen llegarían a tiempo a sus manos.

Equipo.
Equipo de mujeres.
Entre nosotras, mirándonos.
Viendo cómo sí ayudarnos; rompiendo viejos patrones.
Habitando un nuevo tiempo.
Donde no somos competencia, sino aliadas.

Pero no podía ser de otra manera, porque de eso va Eva y Lilith.
Y si algo he aprendido en estos años es que, escribiendo de estos temas —de espiritualidad y de mujeres poderosas—, ni las letras escritas ni las palabras son suficientes.
La congruencia te reclama en hechos.
El cuidado por caminar lo que dicen tus palabras no te deja espacio para no hacerlo
Nos toca no ser perfectas, pero sí impecables las unas con las otras.
Nobles, ante todo.

La coherencia es la cohesión que necesitamos las mujeres para crear cualquier tipo de proyecto entre nosotras.
El nuevo Pacto de Eva, así lo llamo, y sus detalles los podrás leer en el libro:
porque Las hijas de Eva y Lilith así nació, de un pacto entre Evas…
y su nueva edición, también.

Gracias a estas tres mujeres, y a todas las que han leído el libro.
Gracias por sus mensajes y sus ojos sonriéndome.
Gracias por sostener este proyecto cada vez que lo comparten y lo vuelven a leer.
Porque Las hijas de Eva y Lilith es un libro-oráculo, una consulta y un consejo entre amigas, entre mujeres que se entienden.
Por eso, siempre estará ahí, para volver a ser leído, consultado…
para acompañarte cuando más lo necesites.

¿Qué sueño?
Verlo traducido a muchos más idiomas y llevado a las pantallas.
Pero, sobre todo, que pueda ser rezado de nuevo, como lo fue cuando lo estaba escribiendo.

Porque esto no lo había compartido antes, pero mes a mes, durante un año, nos sentábamos en un círculo de mujeres a rezar los arquetipos de Eva y Lilith.
Elena Felgueres, mujer-medicina, amiga y cómplice, guiaba el rezo que salía del alma de todas las que asistíamos a la reunión.
Cada sesión se sumaban las mismas mujeres o nuevas, todas buscando ese consuelo de sentirse en un espacio seguro, donde poder rezar o simplemente ser mujer, llorar, reír y cantar juntas.
Porque eso hacíamos, siempre… cantar.
Aprendí que ese era el lenguaje de las abuelas: cantar, bailar, reír.

La Eva o Lilith que rezábamos ese mes se convertía en la esencia que nos acompañaría a lo largo de los siguientes 28 días.
El trabajo fue hermoso, el acompañamiento entre nosotras brutal, y el sostén que me ofrecieron para confiar en mi escritura, primordial.
No estuve sola. No lo estoy ahora.

Volver a rezar los arquetipos de Eva y Lilith comienza en el momento en que los hagas tuyos y los pongas a tu servicio.

Si me leíste en la primera edición de Las hijas de Eva y Lilith, esta nueva versión te parecerá un soplo de frescura y un clavado a la profundidad.
La esencia es la misma. Su valor y su para qué, con su semilla y su fruto, no pueden cambiar.
Al igual que yo soy la misma… y soy otra al mismo tiempo.
Solo tengo diez años más de estudio defendiendo el valor de las mujeres y conociendo nuestra historia; diez años más convencida de que nuestro camino se debe hacer desde la independencia emocional y la autonomía en todos sus sentidos.
Pero también, en respeto y en comunión con los hombres: con ese masculino alineado que sí existe.
Tengo diez años más de heridas y de aciertos; de paz conquistada a base de cruzar la incertidumbre, tomándome de la mano de mi fe, que nunca me ha dejado de alumbrar en el túnel oscuro de mis dudas.

Leerme de nuevo a mí misma.
Ponerme atención.
Fue sonreírme por lo logrado, igual que cuando miras a uno de tus hijos bailar en un festival, terminar su carrera o decidir dar pasos profundos e independientes para vivir su vida.
Sentí un suave orgullo.
Suspiré largo y agradecida.
Pero inmediatamente me puse a trabajar: había nuevas cosas que decir, y otras que cambiar.
No pude dejar de ser maestra al mismo tiempo que escribiente, así que —aunque quise revisar y quitar tantas notas al pie de página de la primera edición—, resultó al revés: las aumenté… y también las citas y las referencias.
Esa es mi deformación profesional: una necesidad personal por compartirlo todo… ¡y un poco más!
Así es que escribí notas pertinentes y otras más anecdóticas.
Están igualmente citadas todas y cada una de las fuentes consultadas, así como recomendaciones adicionales de libros y lecturas para profundizar en ciertos temas que fueron primordiales en mi proceso de estudio.

Sin embargo —para alivio del lector que no le gusta tanta nota—, solté mi vena hiperacadémica de dejarlas debajo de cada capítulo de referencia.
Hoy me parece más importante que tu lectura sea fluida e íntima.
Por eso encontrarás todas las referencias al final del libro:
acercarse a ellas o no será una decisión personal.
Porque son más un regalo… no una obligación.

Déjate experimentar el libro y su actualización.
Espero que sientas su ritmo y sus flechas directas a la conciencia de tu corazón abierto.

Con esa misma intención, los capítulos de Eva y el de Lilith, así como el apartado de los arquetipos, fueron refinados con sutileza.
He añadido también, como una innovación, meditaciones que podrás descargar desde códigos QR y que acompañan tu viaje por las imágenes y sus arquetipos.

La idea es que conectes con cada esencia desde otro lugar, que no sea solo la mente y la lectura, sino desde el alma y sus mensajes.

Todas somos Eva, y todas las Evas.
Somos Lilith y su fuerza, su vulnerabilidad, su naturaleza salvaje y su resiliencia.

Con estas meditaciones grabadas con mi voz, te acompaño a transitar por cada una,
y agradezco poder estar presente, a través de ellas, cuando tú lo necesites.

El cierre del libro, lo verás, se vuelve más poderoso en el momento en que tú lo completes con tu experiencia de vida.
Cuando la información se vuelva herramienta.
El consejo, puente.
Y el espejo, camino.

¿Qué aprendí en estos diez años?
Me encantaría decir que la lista es interminable.
Pero no.
Los verdaderos aprendizajes —los que te cambian, los que te hacen transitar de manera diferente la vida— se enumeran con poco aliento, pero con mucho agradecimiento.

Aprendí que nada dura para siempre. El cambio es terror y bendición.
Aprendí entonces a cuidar lo que atesoro.
Porque todo se puede ir o cambiar en cualquier momento.
Sin embargo, también aprendí a soltar —con mucha mayor facilidad— lo que me estorba.
No es que sea más dura, sino más valiente.

Mis hijos van primero.
El amor lo vale todo.
Mis amigas son un refugio que nadie puede tocar.
Las elijo y —si ellas quieren— … las dejo ir.

La humildad ha sido mi gran lección:
morder el polvo del error,
pedir perdón,
digerir la vergüenza,
abrazar la culpa.
Crecer.

No dejo de ser una cebolla que se va quitando capas…
pero le siguen saliendo nuevas.

Veo todo lo que quiero lograr, lo que falta para llegar a donde sueño…
y entonces me da demasiada prisa por hacerlo.
Quiero todo.
Y eso —como decía mi madre— “nunca puede llegar al mismo tiempo”.
Me calmo cuando ya no puedo más…
y sigo un nuevo ritmo.
Solo así no me pierdo los regalos que el estrés me roba.

Aprendí que si soy vulnerable y transparente con quien debo serlo,
en el momento correcto,
cuando me lo dicta el alma,
el resultado siempre será más amor,
más empatía y —paradójicamente— más confianza,
creación,
sostén.

Si me atreviera a dar un solo consejo, sería ese:
no te pierdas el tesoro de ser vulnerable.
Pero aprende a distinguir con quién.

Sobre mis escritos,
caí de rodillas,
porque ya entendí que solo se logran desde la alineación y el rezo.
En el silencio está la creación.
Y no habrá nunca,
ni inteligencia artificial,
ni red social
ni espacio digital
que sustituya eso.

Quien me conoce,
me escuchará una y otra vez decir:
“Pide por mi congruencia.”

Los sueños sí se siembran…
pero después se trabajan.

Y la magia…
la magia sí existe.
La estás leyendo en este momento.

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